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La colección de "Textos Medievales" ha cumplido sus bodas de plata, al aparecer su número veinticinco. Con este motivo conviene dar a conocer la gestación y desarrollo de una empresa científica que va dando frutos. Se ha hablado frecuentemente de la necesidad de publicar los "Monumenta Hispaniae Historica", siguiendo el ejemplo de los demás países europeos. Pero la obra no se ha emprendido sistemáticamente. Se han iniciado una serie de Colecciones de documentos, que no acostumbran a pasar del número diez. Y la publicación de fuentes no interesa a las editoriales. Las dificultades para decidir a los organismos oficiales tropiezan con la poca rentabilidad de las publicaciones y con la postura personal de quien tiene que decidir la edición. Ante tanta dificultad, en el otoño de 1959 pensé en iniciar una nueva colección de "Textos Medievales", esperando que el esfuerzo personal salvase los inconvenientes que habían torpedeado la iniciación de los "Monumenta". El primer problema se planteaba con el título que llevaría la colección. No se podía usar el clásico, y se recurrió a uno un tanto anodino que, si la serie no prosperaba, quedaría en el olvido; pero que, si se afianzaba, serviría para definirla. Se planteó también qué nombre debería llevar la editorial responsable de la publicación, aunque era un problema menor. Y para comenzar había que dar de alta en Hacienda a alguien que se responsabilizase de la empresa. La solución más oportuna me pareció darme de alta como editor; y usar como nombre editorial el formado de las dos primeras letras de mi nombre y apellidos: así surgió la palabreja Anubar. El formato fue otro de los problemas a resolver. La solución la condicionó la imprenta donde iba a realizarse; su máquina admitía como tamaño máximo el folio prolongado, lo que permitía preparar cada vez hasta ocho páginas, en cuarto menor. A la vista del formato, compré los tipos redondos y cursivos del cuerpo diez y del ocho, las regletas correspondientes, junto con un componedor. E inicié las primeras páginas del Cartulario de Albelda. Nunca había tenido en mis manos un componedor, ni tenía la más mínima idea de lo que era una "justificación". Para qué recordar la cantidad de veces que se "empastelaron" las primeras páginas! Luego faltó la letra i, ya que las pólizas adquiridas estaban preparadas para componer castellano. Y hubo que improvisar la letra i a base de partir las jotas. Con las primeras ocho páginas compuestas en mi despacho me fui a la imprenta. ¡Cómo pesaba aquel plomo! ¡Qué paciencia la del Sr. Bautista para adivinar mis deseos y colocar en máquina mis mal "justificadas" primeras páginas! Y una vez impresas las primeras ocho páginas, a casa con el plomo para "descomponerlo" e iniciar las ocho siguientes. Y así hasta terminar el texto de las ciento sesenta páginas. Los índices volvieron a plantear nuevos problemas, pues carecía de la abundancia de tipos necesarios. Entonces el Prf. Zabala me indicó que había casas dedicadas exclusivamente a la "composición" y así se terminó el primer volumen de "Textos Medievales" en pleno verano de 1960. Con la aparición del primer volumen quedaba clara la posible publicación de los siguientes. Por un lado, seguía componiendo a mano; por otro, se encargaría la composición para luego ajustarla personalmente. En el primer sentido, pronto enseñé a los entonces mis alumnos Sr. Benito y Arroyo cómo se componía. Y entre los dos prepararon el volumen cinco (Crónica Seudo Isidoriana), que imprimieron en una Boston manual en la Facultad de Filosofía y Letras. De la misma forma la Sta. María Desamparados Sánchez Villar "compuso" el volumen siete (Desde Estella a Sevilla; cuentas de un viaje (1352), que yo imprimí en la pesada Boston. Como la preparación de los textos era lentísima --y alguno se quedó a medio imprimir--, se siguió preferentemente el sistema de la "composición" mecánica. Primero salió el Cartulario de Siresa (2), cuyo texto necesitaba para mis investigaciones; luego la Crónica de Alfonso III (3),imprescindible para dar las clases prácticas a los alumnos de la especialidad de Historias en la Facultad. La publicación de la Crónica de San Juan de la Peña (4) planteó la necesidad de buscar ayudas económicas, ya que la venta de los tres primeros volúmenes habían producido cifras ridículas, a pesar de la propaganda que se hizo. Los Srs. Sinués y Royo, de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, encontraron una fórmula para ayudarme. Me hicieron un préstamo personal de diez mil pesetas por un plazo de un año. Particularmente habíamos acordado que antes de finalizar el año yo habría impreso tal tomo, que enviaría a dicha entidad cien ejemplares y que el presunto valor de tales ejemplares saldaría el préstamo. Y así se hizo, iniciando un camino que permitiría publicar dos tomos del Cartulario de San Juan de la Peña (6 y 9),así como la obra de Ibn cIdari, Al-Bayan al Mugrib. Nuevos fragmentos almorávides y almohades (8), traducidos y anotados por don Ambrosio Huici Miranda. Yo conocía los desvelos de don Ambrosio por la publicación de fuentes árabes y las insalvables dificultades que encontraba en su labor, que solo lograba eco en Tetuán. La contabilidad de edición ofrecía solo cifras rojas. Pero la publicación la consideré imprescindible. Y comenzamos la composición. Y se publicó. Una de mis entonces discípulas, doña María Pilar Maestro González, había preparado la traducción del Kitab ar-rawd al-mictar, de al-Himyari, cuyo texto árabe y traducción francesa no se encuentra apenas en las bibliotecas españolas dada su fecha de aparición, coincidente con la última guerra civil española. Ante la gravedad del problema económico se buscó una nueva fórmula para financiarlo. Yo había recabado la ayuda económica de cuantas personas o instituciones podían y aún debían patrocinar la publicación de "Textos Medievales". Y la contestación fue siempre la misma: el silencio más absoluto, la suscripción a una colección o la indicación de que no podían subvencionar empresas particulares. Para la edición de la obra de al-Himyari se solicitó de todos los ayuntamientos cuyas ciudades tienen un capítulo expresamente dedicado, que se comprometiesen a adquirir un ejemplar de la obra cuando estuviese impresa. Contestaron unos pocos, cuyos nombres figuran en el prólogo de la traductora, y, como hasta entonces, la Caja de Ahorros zaragozana, con su aportación fundamental de diez mil pesetas. Hubo algún ayuntamiento (Ondara) que devolvió el ejemplar suscrito "por falta de consignación en el presupuesto para la adquisición del libro indicado". Las fuentes árabes iban a atraer mi atención a partir de la aparición de estos tomos. Por un lado contaba con la entusiasta colaboración de don Ambrosio Huici, que me proponía una nueva traducción del Rawd al-qirtas (12 y 13), y mástarde la primera traducción a idioma occidental de la obra de Ibm Sahib al-Sala, titulada Al-Mann bil-Imama (24). Por otro, don Eliseo Vidal me entregaba la suya sobre la Conquista de Africa del Norte y de España de Ibn cAbd-al-Hakam (17). Finalmente dentro del formato cuarto, hecho a base del folio prolongado, aparecía la Corónicas latinas, de los reyes de Castilla (11), preparada por la Sta. Ma. Desamparados Cabanes Pecourt, que se ha convertido en una de mis mejores colaboradoras. El último tomito de este formato lo constituyó mis Corónicas navarras (14), que precisaba para continuar mis estudios sobre el Cid. Al terminar de imprimir este tomo volví a replantearme el problema económico para continuar las ediciones. Hice nuevas gestiones, pero siempre encontré las mismas contestaciones que antes. Descubrí entonces que podíamos imprimir a base de escribir el texto con una máquina IBM, y reproducirla con un sistema offset. Y adquirí las dos máquinas. Para qué hablar de cifras rojas! A partir de entonces una mecanógrafa fue escribiendo los tomos sucesivos Cuando llegaban las vacaciones mi Padre y yo preparábamos las planchas de offset e imprimíamos los libros, que luego coleccionaba para la encuadernación mi Padre, entusiasta de la labor científica realizada, entusiasmo más valioso ya que había que contrastar su formación de modesto ferroviario con la indiferencia del mundo para el que se hacían los "Textos Medievales". Con la adquisición de la nueva maquinaria se inició el definitivo formato y encuadernación, a base de reproducir en plan de ensayo dos libros míos; la Crónica Najerense (15) y el Cartulario de Santa Cruz de la Serós. Luego fueron apareciendo los Focs y morabatins de Ribargorça (1381-1385) de José Camerana Mahiques, con lo que se iniciaba la publicación (16) de unas fuentes abandonadas hasta casi entonces por los medievalistas y los Aranceles de la Corona de Aragón (Siglo XIII) de doña María Dolores Sendra Cendra (18). Doña Amparo Hernández Segura preparó la Crónica de la población de Avila (20), mientras que mi hermano Agustín publicaba los Documentos de Casbas (21). Como la impresión de esta nueva serie resultaba defectuosa, ya que la preparación de las planchas estaba sujeta a múltiples manipulaciones, se buscó un sistema mecánico que solucionase los problemas. Tras una revisión de todos los entonces conocidos se optó por uno que permitía tanto la reproducción directa como la reducción a tamaño conveniente. Hubo que vender casi toda la maquinaria usada hasta entonces y adquirir una nueva, con lo que los problemas económicos se agravaron una vez más. Pero los nuevos libros ganaron en nitidez e impresión. Así salieron la reedición facsímil de Jiménez de Rada, Opera (22), con índices preparados por doña María Desamparados Cabanes Pecourt, poniendo al alcance de los investigadores una obra inasequible; la primera edición del anónimo Libro de las Generaciones (23), hecho por doña Josefa Ferrandis Martínez; la traducción de Huici ya citada de Al-Mann bil-Imama (24); y finalmente, con el número 25 la Crónica de Jofré de Loaísa. Todavía, habiendo programado los siguientes números, aparecían el veintiocho (Pere Tomich, Histories e conquestes de Catalunya, con índices por Juan Sáez Rico), el treinta y nueve (Paso Honroso de Suero de Quiñones con índices por Fernando Arroyo Ilera), y el número cuarenta y uno (Lorenzo Valla, Historiarum Ferdinandi regis libri tres, con índices por Pedro López Elum). Al celebrar la aparición del "Texto Medieval" número veinticinco y hacer recuento de lo realizado con una carencia absoluta de medios seguimos siendo optimistas. No llegan a cuarenta las suscripciones; con esto y lo vendido a través de librerías sabemos que se han formado poco más de un centenar de colecciones, que abundan preferentemente en Inglaterra, España, Alemania y algún que otro país aislado con una colección (EE. UU., Israel). El resto de la edición se encuentra en depósito, a excepción de lo que los alumnos han ido adquiriendo para sus prácticas sobre textos medievales. Y antes de terminar solo tres notas más, de cara al futuro. Primero: agradecer a todos los colaboradores en la colección su desprendimiento económico, pues no han percibido ni un solo céntimo por sus obras. Segundo: testimoniar que la vida espartana a que se han sometido mi Mujer y mis Hijos han hecho posible la aparición de los veinticinco volúmenes primeros. Y tercero: que la colección, pese a no recibir ni una sola de las ayudas solicitadas, se continuará publicando como hasta ahora, con la espera de celebrar pronto la aparición del volumen cincuenta. Valencia, diciembre de 1970 Antonio Ubieto |
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Actualizado el 26.7.2007 |
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